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El cuaderno de Puchilco

cuaderno 12 de 12

Dibujo de la fachada de la iglesia de Puchilco
Nave de la iglesia de Puchilco con bóveda pintada, columnas verdes y bancasColumnas verdes y arcos en el interior de la iglesia de PuchilcoFachada de la iglesia de Puchilco con techo rojo y pórtico blanco, en la neblinaVista aérea cenital de los campos y la costa de PuchilcoPuerta azul y columnas del pórtico de la iglesia de PuchilcoInterior de la iglesia de Puchilco hacia la entrada, con el coro y la puertaTejuelas rojas bajo una ventana, en el muro de la iglesia de PuchilcoLa iglesia de Puchilco vista en diagonal, con su nave de tejuelas y su torreEstructura de madera del interior de la torre de la iglesia de PuchilcoImagen de la Virgen con velo blanco y collares, en la iglesia de PuchilcoTorre de la iglesia de Puchilco vista desde lo alto, con el mar y el caseríoVista aérea de Puchilco, con la iglesia, los campos y el mar1 / 12

Mañungo en Puchilco

Puchilco es un lugar encantado. Uno mira las superficies inclinadas de los montes. Los prados que se recuestan en ellas parecen terciopelos. Los árboles, unos pompones de algodón verde y, las casas, construcciones hechas para seres humanos con alma de niños.

En Puchilco se construyen las casas de los vivos y también las casas de todos los difuntos. La vida es la misma para todos, sólo que algunos respiran y otros han dejado de hacerlo. Pero nadie se irá lejos. Se van quedando allí, como vigías subterráneos, abrazados a la tierra que les vio nacer y les vio morir.

Mapa del archipiélago de Chiloé.


Retrato dibujado de Yanette Mansilla, de Puchilco

Yanette Mansilla

Yannete sabe mucho de toponimia local, o sea, del origen y el significado de los nombres propios de los lugares. Me cuenta que “Puchilco” significa lugar de chilcos. Los chilcos son unos arbustos propios del lugar y que le dan una característica especial al paisaje.

Con Yannete me entiendo muy bien. Es buena para conversar y sabe de muchas cosas. Conoce a toda la gente de las localidades del lugar. Cada vez que me encuentro con ella se nos ocurre una aventura distinta. Como ella tiene un mapa del pueblo con las casas marcadas, elige a quien vamos a visitar. Cuenta con una libretita en que anota la fecha de las visitas que hace, para no descuidar a nadie. Con un circulito rojo aparecen los más desamparados, que necesitan más compañía.

Examina su libreta y decide:

Doña Silvia es hija de don Segundo Alvarado, que fue fiscal de la iglesia hace unos cuantos años. Tengo muy presente que con don Segundo trabamos una bonita amistad. Contaba muchas historias entretenidas, aunque siempre pensé que las inventaba. O, al menos, les agregaba mucho de su cosecha. Eran historias demasiado increíbles.

Campana en el interior de la torre de la iglesia, con el mar por la ventana
Flores rojas de chilco vistas de cerca

Retrato dibujado de Doña Silvia, de Puchilco

Doña Silvia

Nos cuesta dar con la casa de doña Silvia. Pareciera que la tierra la ocultara a la simple vista.

Silvia es una mujer cargada de vibraciones luminosas. Nos cuenta que ella es amiga de las tradiciones y jamás deja de participar en la fiesta de la Candelaria, cada 2 de febrero.

Se entusiasma y nos sigue hablando de don Segundo:

Ella se ríe antes de responder:

Casa con ropa tendida en el patio, entre colinas y el mar, en Puchilco

-Sí -confirma, con tristeza-. Nos tenemos que ir. No podemos seguir aquí. Estamos demasiado abandonados. Los hijos se fueron hace mucho tiempo a Chonchi y cuesta soportar la soledad. Uno les echa de menos. Por eso ya compramos una casita cerca de la de ellos.

-Completamos treinta años en esta casa -continúa-. Y ahora estoy regalando las flores. Sólo he apartado las pocas plantas que nos vamos a llevar a Chonchi. Esta casa se va a desarmar y nos llevaremos lo que quede en buen estado. La bodega, por supuesto, se venderá con el terreno. Ya desarmamos el invernadero grande y va quedando este más chico. La vida es así. Es como es. No como uno quisiera que fuera.


Retrato dibujado de Don Jorge, de Puchilco

Don Jorge

Para seguir indagando sobre la vida del fiscal de Puchilco, don Segundo Alvarado tengo que ir hasta Aldachildo a hablar con don Jorge Gómez.

Mientras prepara café y una paila de cuatro huevos para que la compartamos, Jorge Gómez me cuenta que es fiscal de la iglesia de Aldachildo y que, desde que falleció don Segundo, le ha tocado oficializar ceremonias también en Puchilco.

No ha dejado de poner atención a los huevos, esperando que se encuentren a punto en la sartén, mientras el agua hierve.

Cada plato recibe dos huevos. Me extiende uno de ellos y, enseguida, una taza de café. Hay pan amasado en la panera, en el centro de la mesa.

Don Jorge apoyado en la mesa de su cocina, con pan y huevos, en Puchilco

-Ser fiscal significa pensar en los demás. Hay mucha gente buena que necesita apoyo emocional -dice, mirándome por un instante.

Ha terminado de untar el pan en los restos de huevos fritos, dejando la paila brillante. Mientras rumia el último trozo de pan me habla de don Segundo:

Sin más preámbulo, aclara la garganta y echa la voz al aire.

Canto de don Jorge a cappella.

Retrato dibujado de Doña Raquel, de Puchilco

Doña Raquel

Doña Raquel Pérez dedica gran parte de su tiempo a cuidar la iglesia y desde que don Segundo falleció aceptó ser la encargada de hacer los repiques de las campanas cada vez que muere alguien.

Cuando el clima es benigno, en las fiestas participan más de ochenta personas. La misa de la Candelaria todavía se mantiene. Antes estaba también la fiesta de la Virgen del Carmen. Pero cuando murió el fiscal se suspendió esa fiesta. Ahora que él no está, como que se apagó el entusiasmo.

Todavía se acuerda de cómo era la iglesia antes. La torre tenía una caña extra, y lamentablemente, con el tiempo se vino abajo.

Me invita al interior de la iglesia. Su perro, un quiltro negro, grandote, no se aparta de su lado. Es el primero en llegar al altar, oficiando de guía.

Dibujo de los cortes de la iglesia de Puchilco en un cuaderno cuadriculado

Corte transversal iglesia de Puchilco.

Doña Raquel va directo hasta la empinada escalera que conduce al coro y, en sus siguientes tramos, a la torre. Llegamos a lo alto. Cuando recupera el aliento en un rellano me pregunta si me gustaría oír una demostración de los repiques de campanas y yo le digo que sí, aunque enseguida me arrepiento, porque me doy cuenta de que faltan los tramos verticales más difíciles de subir.

Finalmente llegamos a la torre. Ahí están las campanas, gastadas por la herrumbre y los golpes del badajo. Ahí está la leyenda, en relieve sobre el metal: “Puchilco 1916”.

Mientras descansa unos segundos, me da una mirada cómplice.

-¿Siempre es así? -pregunto.

-Solo cuando muere una persona -dice ella. Y le da la risa, porque sabe que ha sobresaltado a todos los habitantes de las cercanías.

-Ahora tendremos que matar a alguien -me dice, sin dejar de reír.

Recorrido por el interior de la torre pórtico de la iglesia de Puchilco.

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La grandeza de doce pequeñas iglesias

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