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El cuaderno de Apiao

cuaderno 10 de 12

Dibujo de la fachada de la iglesia de Apiao
Nave de la iglesia de Apiao con bóveda azul estrellada y bancas de maderaPuerta azul del pórtico de la iglesia de Apiao, entre columnas de maderaFachada de la iglesia de Apiao con su torre, frente a un pradoVista aérea de la playa de Apiao, con casas y un cementerio junto al marTorre de tejuelas de la iglesia de Apiao vista desde lo alto, con el camino y los camposInterior de la iglesia de Apiao: nave central con columnas azules y bancasColumnas azules y nave lateral en el interior de la iglesia de ApiaoImagen religiosa de un santo con hábito, cruz y calavera, en la iglesia de ApiaoEstructura de madera del entretecho de la iglesia de ApiaoTejuelas de madera gastadas y con líquenes del revestimiento de la iglesia de ApiaoLa iglesia de Apiao vista en diagonal, con su nave y su torre, al atardecerVista aérea de una bahía de Apiao, con campos verdes y la costa1 / 12

Mañungo en Apiao

Esperando que la marea suba para poder navegar sobre el estero, veo como emerge, al fondo, la iglesia, que se mantiene firme, resistiendo el viento y la lluvia. Por suerte los habitantes la quieren y la cuidan. Eso me lleva a pensar que hay cosas que son más sólidas que otras y está la voluntad, firme, de que permanezcan. Lo que está fuera de esa voluntad, va desapareciendo.

Lo que parece inquebrantable es la fe en esta isla. Por eso todo sigue allí, junto al faro luminoso que acompaña todo andar. Es el refugio seguro, desde donde es posible comunicarse con las dimensiones del espíritu. Así lo entienden quienes quedan aquí. Muchos miembros de las familias ya han partido y los grupos humanos se hacen más pequeños. Por eso es tan importante que exista algo a lo que aferrase.

Mapa del archipiélago de Chiloé.

Vista aérea del borde costero de Apiao, con potreros y el marPequeño santuario de madera con cruz junto a un cerco, en un campo de ApiaoCamino de tierra entre campos y tendido eléctrico en ApiaoCampo con grandes piedras y árboles en ApiaoCaballos pastando en un prado de ApiaoCasa de madera junto a un árbol alto, frente al mar, en Apiao

El calor del hogar se siente. Por suerte que todavía existe este Chiloé, el Chiloé escondido y profundo, el que se resiste, porque desde aquí es donde obtengo inspiración para continuar con mi trabajo.

Tengo la costumbre de buscar un modo de entrar a todas las casas que llaman mi atención, porque me gusta y porque, al final, siempre me invitan. Basta que vea una casa de madera con el humo saliendo desde el caño para que me enamore de ella. De sus formas, de sus colores, de sus tejuelas. Entonces me animo a pegar un grito de llamado a ver si alguien responde.


Retrato dibujado de Doña Juana, de Apiao

Doña Juana

En la cocina de la familia Paillán las penas se olvidan entre los olores de las especias, el mate y los aromas marinos. A la cabeza de la casa está doña Juana y don Juan que, acompañados por su hija Juana y su hijo Juan, mantienen vivos los rituales cotidianos que les permiten sobrevivir en esta isla.

Nos sentamos en torno al fuego de la cocina y, con el mate corriendo, doña Juana toma la palabra:

Personas caminando por la playa de Apiao hacia un bote, con el campo al fondoDos hombres con mochilas y herramientas, de camino en Apiao, en la historia de doña JuanaMujer en la cubierta de una lancha con bandera chilena, navegando cerca de ApiaoPescadores revisando redes en un bote, en el mar de ApiaoManos sacando una centolla de una red de pescaDos hombres navegan en un bote, en la historia de doña Juana, en ApiaoEl mar y la costa vistos a través de la ventana de una embarcaciónCentollas en un balde naranja, sobre la cubierta de un bote1 / 8

En esta casa cada cosa tiene su lugar. Cada mueble, utensilio, cada pieza de la cocina. Los asientos apegados a la muralla parece que ayudaran a afirmar los muros que arman el espacio principal. El televisor, al fondo, encendido con las noticias de la tarde, contrasta con la imagen que entra por las ventanas abiertas al mar. Los marcos celestes invitan a sentir el agua que se muestra a la distancia y, encima, el cielo amplio.

Juan hijo hace un movimiento afirmativo con la cabeza, sin dejar de sorber el mate.

-La libertad está en el campo -dice-. Yo no me hallo en el pueblo, menos en la ciudad. Aquí es la soledad la que nos da libertad. Para nosotros es así. Si eres valiente y cultivas tu huerta, tienes tu comida. No tienes que trabajarle a otro para tener plata y comprar verduras que ni sabes de dónde vienen. Aquí se siembran papas, se crecen animales, se va a la marisca, a la pesca y, por suerte, la pensión de ciento sesenta mil pesos ayuda con los pagos.

Mientras hablan, el mate ha circulado de mano en mano varias veces. También yo soy parte de la ronda. Don Juan padre se hace cargo de la tetera, de mantener el agua hirviendo y de que no falte la hierba.

Retrato de doña Juana, de ApiaoHombre junto a una cocina a leña con teteras, en una casa de ApiaoUn hombre toma mate junto a una ventana, en la historia de doña Juana, en Apiao1 / 3

De pronto el silencio se extiende por unos segundos hasta que alguien toma la palabra. A doña Juana madre le gusta hablar del pasado, de las casas con techos de paja y pisos de tierra.

Los descansos son breves en la casa de los Paillán. Última ronda de mate y se levantan y retoman sus labores. Hay que limpiar la cocina, traer la leña, guardar a los animales. Hay tanto que hacer y pronto se hará de noche. La oscuridad hace que todos vuelvan a la cocina y que las tareas pendientes se hagan junto al fuego. La oscuridad avisa que es tiempo de cocinar y de volver al mate. Esta vez, se comparte en silencio.

Saliendo por el estero de Isla Apiao en búsqueda de la centolla al Mar Interior.
Vista aérea del estero de Apiao y los campos que lo rodeanEl estero de Apiao en calma, con el cielo reflejado y árboles en la orillaUna roca en el agua quieta del estero de Apiao, con nieblaDetalle de la bóveda azul con estrellas de la iglesia de Apiao

El agua del estero ofrece seguridad, no sólo a los navegantes que descansan aquí. Cuando el mar está bravo afuera, o la noche hace imposible continuar el viaje, la tranquilidad de estas aguas parece convivir bien con el organismo. Es parte del entorno cercano. Un amigo más del calor de las viviendas.

Me gusta pensar que cuando la noche es serena, las estrellas se reflejan en el estero. Es la misma imagen que los antiguos repitieron en la bóveda central de la iglesia. Como si la oscuridad de la noche permitiera un abrazo común entre el estero, el firmamento y la iglesia, llevando la paz a las almas que se quedan en la isla.

Tumba con cruz, flores y velas encendidas en el cementerio de Apiao, al anochecerTumba iluminada y rodeada de flores de colores en el cementerio de ApiaoCasa de madera con ventanas encendidas al anochecer, en ApiaoUna casa iluminada vista a través de una ventana, al anochecer en ApiaoTumbas pintadas de azul y rojo con cruces y flores en el cementerio de Apiao1 / 5

Retrato dibujado de Don Juan, de Apiao

Don Juan

Por mi trabajo he sido siempre muy cercano a los fiscales de cada iglesia. Son ellas las personas por las que todas las decisiones importantes tienen que pasar. No solo cuidan de los templos, sino que también prestan ayuda y compañía a sus fieles. En Apiao el fiscal es don Juan Millalonco. Un hombre de muchos talentos que vive a la orilla del estero, listo a atender el llamado de cualquiera que lo necesite.

Juan Millalonco es carpintero. Más bien, carpintero de ribera, ya que construye y repara botes. Muchos de ellos, grandes botes que cumplen misiones difíciles desde el mar interior de Chiloé a los fiordos de la Patagonia Austral.

De los muchos tipos de bote que don Juan construye en su astillero, la chalupa es uno de los más importantes.

-¿Y usted todavía participa? No me diga que se enfrenta con los remadores jóvenes.

-Por supuesto. Bueno, en realidad, no participo en las regatas, pero sí en la preparación de las chalupas.

Don Juan sentado junto a un bote de madera en la playa de ApiaoBote en construcción bajo un cobertizo, en la orilla de ApiaoBotes y maderas apoyados en la orilla de ApiaoLanchas de colores en la orilla de la playa de Apiao1 / 4

Ahora don Juan me muestra una de las embarcaciones que está trabajando. Se ve el armazón de las cuadernas curvadas a fuerza de vapor para darle la forma que requiere. Después vendrá el entablado. Esta embarcación se utilizará para la cosecha de algas. Es el encargo de una familia amiga del lugar.

Me las muestra, una por una. Son lanchas grandes, muy bien pintadas y con su nombre ya inscrito en los cascos.

-La chalupa tendrá que vivir más que yo -dice don Juan, con los ojos llorosos-. El capitán de esta chalupa era mi hijo, que lamentablemente falleció muy joven. Cada 23 de agosto, cuando se hace la regata, nos juntamos a rezar por él.


La iglesia ha sufrido cambios rápidos, siempre por urgencias. Si no es el fuerte viento, entonces es la lluvia la que expone la tremenda fragilidad de los templos. Los daños se acumulan y se han tenido que tomar decisiones difíciles en muy poco tiempo y con pocos recursos. El zinc ha reemplazado al alerce, en la techumbre y en las fachadas más expuestas a la naturaleza. La estructura ha sido constantemente reforzada y por dentro la torre es un nudo de palos en crucería que permiten se mantenga erguida. Son muchos los cambios, pero lo importante, por lo que he aprendido, es que haya un lugar al que cuidar.

Galpones de tejuela y zinc junto a la iglesia de ApiaoColumnas y arcos del pórtico de la iglesia de Apiao, vistos de costadoTorre de tejuelas de la iglesia de Apiao sobre el techo de zincLa iglesia de Apiao al fondo de un prado verdeGalpón de madera con un árbol sin hojas delante, en ApiaoCasa blanca de madera con caballos pastando delante, en Apiao1 / 6

~ abrir los 12 cuadernos

La grandeza de doce pequeñas iglesias

La fachadaEl paisajeEl conjuntoLa volumetríaEl pórticoLa pielLa torreLa estructuraEl coroLa bóveda interiorLas columnasLa imaginería