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El cuaderno de Llingua

cuaderno 8 de 12

Dibujo de la fachada de la iglesia de Llingua
Nave de la iglesia de Llingua con bóveda azul estrellada y bancas azulesColumnas y bancas azules en el interior de la iglesia de LlinguaImagen de la Virgen con corona y vestido rosado, junto a una ventana, en la iglesia de LlinguaInterior de la iglesia de Llingua hacia la entrada, con el coro y bancas azulesVentana circular de madera vista desde el interior de la torre de la iglesia de LlinguaFrontis de tablas blancas con ventana circular, en la iglesia de LlinguaFachada blanca de la iglesia de Llingua con su torre, frente al marLa iglesia de Llingua vista en diagonal, con muros de tejuela y fachada blancaTorre de madera de la iglesia de Llingua vista desde lo alto, con el caseríoTejuelas de madera junto a una ventana azul, en la iglesia de LlinguaVista aérea de la costa de Llingua con la iglesia, el cementerio y el muelleVista aérea cenital del caserío de Llingua junto a la playa1 / 12

Mañungo en Llingua

Nunca he sabido si la vida aquí en Llingua fue planificada o si fue resultado del simple crecimiento natural. Seguramente en esta isla lo primero fue marcar un lugar, significativo, donde muchas energías confluyeran. En algún momento hubo quienes decidieron que aquí se levantaría un templo, que el espacio vacío no bastaba.

Para acentuar su presencia se liberó, frente a su fachada principal, un lugar, plano y libre que duplica el largo de su nave. El espacio liberado no solo es para los vivos. El cementerio también es parte de la trilogía sagrada: el templo, la explanada y el camposanto. Un complejo sacro que se abre hacia el mar y que se conecta con él mediante un muelle que, en su historia, se ha hecho cada vez más resistente al tiempo.

Mapa del archipiélago de Chiloé.


Retrato dibujado de Juan José, de Llingua

Juan José

Juan José Mansilla es heredero de una tradición que su bisabuelo inició aquí, en Isla Llingua. A pesar de tener apenas 16 años, se siente responsable de perpetuar el legado de su familia y, para lograrlo, debe permanecer en Llingua.

Juan José vive con su padre y es feliz con él. Le gustan las plantas y cultiva hierbas medicinales, especialmente menta. Tiene alcachofas, ajos y, en el huerto, además, algunos árboles frutales. Cuida mucho de sus flores, especialmente de sus calas, porque son delicadas y porque su abuelo solía cuidarlas antes que ellos. Me muestra los manzanos, los ciruelos y las plantas de frambuesas.

Aquí las plantas crecen sin mucho control. Ahora parecen más bien plantas silvestres. Pero lo importante es que las trajeron sus abuelos y que están para cuidar de Juan José y su padre.

Escultura de una mariquita gigante de color naranja en un parque, con una mano humana visible debajo de la escultura.
Niño de espaldas con pantalones deportivos y zapatos deportivos, saltando dentro de una cáscara de huevo gigante, en un jardín con césped y arbustos.

Sobre el pasto verde y sin cortar están los juegos que junto a sus amigos han inventado para simular ser otras personas y estar en otros lugares. Hay espadas, escudos y refugios hechos del material que dejan los industriales. Junto a la casa del árbol hay una hamaca tejida con redes de pesca.

Juan José es músico, como su padre. Está esperanzado en que sea la música lo que le permita quedarse en la Isla, igual que a su padre.

-La verdad es que no lo sé. Pero sí estoy seguro que aquí es donde quiero estar -abre los brazos mirando en derredor-. Mi casa no es grande, pero tiene mucho terreno para que yo camine con mis animales. Tiene una puerta y un camino que sale hasta la playa misma y en la playa me puedo ir andando de punta a punta de la Isla. Aquí me entretengo y me relajo.

Retrato de Juan José, con el mar de Llingua desenfocado al fondoJuan José camina por el camino costero de Llingua, junto a un cercoUna mano arranca una planta del pastoJuan José sentado en la escalera de una caseta de madera, frente al mar1 / 4
Pequeño altar con fotografías, flores y figuras religiosasJuan José en bicicleta frente a la iglesia de Llingua, al atardecerTumba cercada con flores y una casita de madera, en el cementerio de LlinguaJuan José sentado en una banca junto a la playa de Llingua1 / 4

Voy tras sus pasos, escuchándolo. Él describe lo que ve, las cosas que lo emocionan. Me va mostrando las casas. En muchas de ellas viven sus amigos, así que conoce bien lo que hay en cada una.

Juan José conoce muchas historias de la Isla. Sabe, por ejemplo, que donde ahora está la iglesia, antes estuvo el cementerio. Y que para cambiar de sitio el camposanto tuvieron que mover los cuerpos que descansaban ahí.

Juan José se siente muy cercano a su abuelo, Juan Bautista Mansilla, que descansa en el cementerio. Con frecuencia lo visita y le habla, le prende velas y cuida de las flores que acompañan su tumba.

Estando acá, dentro del cementerio, es imposible no pensar en la muerte. Y, desde luego, en la propia. Juan José me dice que si de él dependiera, preferiría morir en esta isla.

-Me gustaría vivir aquí hasta bien grande, hasta ser un abuelito -me confiesa-. No me imagino viviendo fuera de la isla. Para conseguirlo debo tratar de estar aquí, nada más.

Vista aérea de la isla de Llingua con su playa y campos

Retrato dibujado de Doña Zaida y don Humberto, de Llingua

Doña Zaida y don Humberto

Casi toda la familia Paillamán se quedó en Quehui. Pero doña Zaida se estableció definitivamente en Llingua. Su vida es una vida de trabajo, sin descanso. Aquí abundan las papas y los ajos. Y en el invernadero dispone de cebollas, orégano, cilantro, lechuga y un sinnúmero de otros cultivos. Tiene perejil y hierbabuena. Solamente la frutilla se secó.

Por su campo caminan en libertad las gallinas, las ovejas. Las gallinas ponen huevos en cualquier parte y hay que ir por ellos, en su busca.

La isla es pequeña, pero hacia el centro se vuelve muy escarpada. Los caminos son muy complicados de transitar y las distancias se hacen incluso más largas si el tiempo no acompaña.

Seguimos caminando entremedio de árboles y arbustos. En un momento se detiene a descansar y mira hacia atrás, fijando la vista en su casa. Me cuenta que hace cincuenta años que vive con don Humberto Mansilla, en esa misma casa.

-Uno no trabaja para hacer negocio, en realidad. Sembramos para el gasto. Bueno, y si queda algo, se vende.

En el medio del terreno nos sentamos en un tronco. Luego se acerca don Humberto y se sienta con nosotros. Don Humberto ha sido fiscal de la iglesia de Llingua durante muchos años.

Olla enlozada sobre una cocina, con luz de ventanaDoña Zaida y don Humberto de pie en la cocina de su casa, en LlinguaCalendario de 2021 e imágenes religiosas pegadas en una paredDoña Zaida sonríe en la cocina de su casa, en LlinguaCocina a leña con teteras en una casa de Llingua1 / 5

Don Humberto conoció solamente a su madre y creció entre personas extrañas. Cuando era joven trabajó en una lancha a vela. Navegaba entre Puerto Montt y Quehui y ahí conocío a doña Zaida.

-Mi madre era demasiado pobre -dice, con la mirada perdida en el paisaje-. De mis doce hermanos conozco apenas a dos. Tuve una vida triste y sufrida. Así no más fue. A los catorce años tuve que dejar de estudiar, porque no había plata, y me fui de la casa para ponerme a trabajar. Y ahí estuve, cuatro años, en una lancha velera. Y después partí a la cordillera. Me entusiasmaron con la pesca de la sierra.

Doña Zaida lo escucha con atención, como si fuera para ella una historia desconocida.

Se ríe un momento antes de proseguir.

-El problema no era fácil. El trago es cosa seria. Por suerte que me iluminó el Señor y volví a la iglesia y pude seguir como fiscal. Sepa usted que ya llevo cuarenta y dos años como fiscal.

El invernadero de Doña Zaida en Isla Llingua
Una conversación junto a Don Humberto.
Casa de tejuelas con un cerco de madera, en LlinguaHojas largas de una planta vistas de cercaSendero de tierra entre árboles, con luz y sombras, en LlinguaUn letrero y un poste en un campo junto al mar, en LlinguaOvejas pastando en un campo frente al mar, en Llingua

Retrato dibujado de Don Hugo, de Llingua

Don Hugo

Don Hugo es un caso distinto. O tal vez, igual. Un hombre dedicado a múltiples oficios, muchos de los cuales incluso desconozco. Se podría decir que llegó a dominar el arte de hacer cosas como nadie. Por ejemplo, copió una casa de Achao y la hizo idéntica, pero en su tierra, en Llingua. Su padre, que vivía algunos metros más abajo de la ladera, tenía un terreno que llegaba hasta el mar y no sabe por qué querían arrebatárselo en el gobierno de ese tiempo.

Cocina de muros verdes con refrigerador, mesa y un calendario, en LlinguaVentana con cortina de encaje y un jarro sobre el alféizar, en un muro verdeCasa de tejuelas pintada de verde agua, con su jardín, en Llingua1 / 3

Enseguida, con el índice adelantado, me muestra los muros. Como usted ve, por fuera está toda revestida de las tejuelas que traje desde Hualaihué. Son cerca de dos mil. Cada tejuela tiene aproximadamente un metro de largo y se traslapa con las otras unos dos tercios, para que no se meta el agua.

Se inclina para mostrarme la base de la casa.

Una visita a la casa de don Humberto.
Cámara Kodak Instamatic sobre un mantel a cuadrosUna mano sostiene una fotografía antigua frente a un álbumFotografía antigua de un jinete y caballos en un paisaje de montañaUna mano sostiene un colgante con un colmillo, de una cadenaFotografía antigua de un jinete en un caballo blanco, sobre un mantel a cuadros1 / 5

Don Hugo no se abre a cualquiera, pero nosotros nos conocemos bien y nos tenemos confianza. Nos sentamos juntos a la mesa y mientras esperamos que las empanadas estén listas, saca un antiguo álbum de fotos, lleno de pequeñas fotografías que él mismo hizo durante su juventud.

¿A qué se refiere? -le pregunto.


Retrato dibujado de Doña Irene, de Llingua

Doña Irene

Doña Irene Mansilla es artesana desde hace más de cuarenta años. Se dedica a trabajar con manila, tejiendo objetos del más variado tipo. Domina tanto la técnica que es capaz de inventar cualquier tipo de formas y hacer utensilios y recipientes para el uso doméstico. La manila se va a trenzando y con ella teje canastillos, bandejas, paneras, cajitas y una serie de objetos decorativos. Mientras va hablando, no deja de tejer. No necesita tener la vista puesta en sus manos. Como que la manila sabe lo que tiene que hacer.

Enseguida me cuenta que la manila hay que plantarla en la época que corresponde, dependiendo de los ciclos de la luna. Toma mucho tiempo aprender a dominar el oficio.

Como muchas de mujeres chilotas de por acá, desde su infancia no ha hecho otra cosa que trabajar. Y en lugar de quejarse, lo agradece. Todo ha sido para bien de ella y de su familia. Le gusta cortar la leña, le gusta cocinar. Vive contenta en su casa, junto a don Hugo, su marido. Y, como pocos aquí, porfiadamente han permanecido en su isla. Ama su tierra y sus raíces. No las cambiaría por nada.

Doña Irene sonríe detrás de un canasto tejido, en su casa de LlinguaManos estirando masa sobre una mesaEmpanadas fritas sobre un plato con papelCanastos tejidos de fibra vegetal, de distintos tamañosManos tejiendo un canasto de fibra vegetalUna mano sostiene lechugas recién cosechadas1 / 6

Junto a otras quince mujeres, es parte de una agrupación de artesanas que tiene por nombre “La ballena dormida” y reciben encargos desde todo el país.

-Por ejemplo, el canasto de junquillo, que sigue siendo el más solicitado -me explica doña Irene-. Lo bueno es que la materia prima se encuentra cerca. El secreto está en prepararla cuidadosamente. Cuando está perfectamente hilada, el tejido se hace fácil y no se producen fallas.

Con una cesta en sus manos, agrega:

-Antes se hacía más vida familiar. Los vecinos nos visitaban y nosotros a ellos como si fueran parientes. Comíamos juntos, compartíamos alimentos y cosas. En cambio, ahora, bueno, usted se da cuenta: cada uno se las arregla en su casa, como puede. También es cierto que todos estamos más viejos y los jóvenes ya se fueron a otros lugares.

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La grandeza de doce pequeñas iglesias

La fachadaEl paisajeEl conjuntoLa volumetríaEl pórticoLa pielLa torreLa estructuraEl coroLa bóveda interiorLas columnasLa imaginería