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El cuaderno de San Javier

cuaderno 2 de 12

Dibujo de la fachada de la iglesia de San Javier
Torre de la iglesia de San Javier vista desde lo alto, con el mar y un árbolLa iglesia de San Javier y el caserío junto al mar, vistos desde lo altoLa iglesia de San Javier al final de un sendero entre ligustrosVigas y tijerales de madera del interior de la torre de la iglesia de San JavierNave de la iglesia de San Javier con cielo de madera, arcos y bancasImagen de un santo con sotana y roquete, rodeado de flores, en la iglesia de San JavierColumnas blancas y bancas de madera en la iglesia de San JavierInterior de la iglesia de San Javier hacia la entrada, con guirnaldas y alfombra rojaPuerta de madera en el frontis de tejuelas de la iglesia de San JavierTejuelas de madera con líquenes amarillos, en la iglesia de San JavierLa iglesia de San Javier vista en diagonal, con su nave de tejuelas y su torreVista aérea cenital de la iglesia de San Javier, el camino y el cementerio1 / 12

Mañungo en San Javier

Cuando estoy frente a la iglesia de San Javier tengo la impresión de que la naturaleza se esmera en homenajearla. Aunque hayan sido los humanos quienes hayan tenido a su cargo el escenario, no habría resultado si la naturaleza no fuera tan generosa. Ninguna iglesia sale al encuentro de los feligreses con un par de brazos verdes, invitándolos a cruzar la amplia puerta central.

Me parece increíble que en medio de un paisaje tan abierto y extenso aparezca la iglesia, como un navío en el inmenso mar, como una cápsula que prepara los sentidos para el encuentro con lo divino.

Por dentro la torre se ha reforzado con diagonales en todos los sentidos, para evitar que pierda estabilidad. Cuando trato de subir, me resulta imposible por el enjambre de madera que se ha instalado. Pienso si se puede reordenar, pero los maestros locales me convencen de que mientras más refuerzo haya, mejor vida tendrá la torre.

Mapa del archipiélago de Chiloé.


Retrato dibujado de Don Tino, de San Javier

Don Tino

A Tino y Maribel los conocí por azar: un día estaba reponiendo unas tejuelas de la fachada que ellos ven desde su casa. Cuando me percaté que me observaban les levanté la mano, a modo de saludo, y a los pocos minutos estaban conmigo conversando sobre el trabajo que estaba haciendo. En ese momento trabamos una amistad, que yo diría, es a caja y punta de espiga.

Lo increíble es que este lugar, tan alejado y escondido, siempre haya atraído a los afuerinos. Cuentan que hubo un momento en el que venía gente de las islas menores, llegaban a moler el trigo en los molinos de agua que se ubicaban entre los cerros y bosques. Como lugar de encuentro obligado, en San Javier se estrecharon amistades, trazaron negocios y armaron matrimonios.

Don Tino llegó a San Javier cuando era un niño, a estudiar a la escuela, en tiempos en que San Javier era aún un pueblo, un centro poblado para las islas menores, muy distinto a lo que es hoy. Don Tino llegó desde una de las islas más pequeñas: la Isla Voigue. Él ha sido testigo de muchas de las transformaciones de San Javier.

Piedras de molino antiguas sobre el pasto
Don Tino, con boina y guantes, sentado junto a la playa de San Javier

Como en tantas oportunidades, una vez más visité a don Tino. Mientras caminamos juntos por la playa, me narra su propia historia. Y, mientras lo hace, logro comprender que San Javier se transforma constantemente, mientras la naturaleza cumple también con su propio plan.

—Hoy día quedan sólo algunas huellas de aquello que fue. Actualmente vive muy poca gente por acá, como usted sabe. Somos unos cuantos vecinos que nos conocemos entre nosotros. A primera vista cuesta explicarse que exista una iglesia tan grande. Y resulta que sí tenía sentido.

En San Javier hubo un momento anterior donde había gente y movimiento suficiente como para justificar el tamaño de la iglesia. Si habían edificios, comercio, correo e incluso una escuela, quiere decir que existía aquí un pueblo hecho y derecho.

Fotografía antigua de un grupo de personas frente a una escuela de tejuelas

Antigua escuela de San Javier, colección de don Tino.

—Por supuesto. Están muy claros en mi memoria esos años. Pero yo era experto con el caballo. Casi nunca andaba a pie. Mi tío me enseñó a montar, a trotar y a galopar, y yo me desplazaba por los poblados entre unos estrechos caminos que estaban adaptados para que pasara el caballo y la gente, entremedio de mucha hierba silvestre, por la parte alta del monte.

La iglesia de San Javier vista a través de una ventana
Mapa de las islas Canarias recortado y pegado sobre una pared de madera

Retrato dibujado de Maribel, de San Javier

Maribel

Recorrer la casa de Maribel es entrar en un mundo lleno de sorpresas. Ella me deja conocer sus tesoros, pinturas y escritos. Se ve que junto a don Tino han construido un paraíso para los dos, que no es otra cosa que hacer lo que le gusta a cada uno. Ella nació en las Islas Canarias, vivió un tiempo en las tierras del desierto del Sahara y por alguna maroma del destino, finalmente llegó a San Javier.

Maribel es escritora y proviene del mundo de la cultura, donde ha conocido personajes tan importantes como Volodia Teitelboim, o pintores como Toral. De cada uno de ellos ha heredado algún testimonio que ella muestra con orgullo en los cálidos muros de la casa. Me deleito recorriendo esta casa tan llena de rincones especiales.

—Esta casa la hicimos a nuestro gusto —explica ella. Todo a la medida de lo que necesitábamos. Aquí cada espacio tiene una razón de ser. Por ejemplo, este es el lugar donde yo trabajo y desde esta ventana contemplo la playa, que está a poca distancia. Y si usted avanza por acá, se va a encontrar con esta otra ventana, desde la que vemos una cara de la iglesia. Justamente desde aquí lo divisamos a usted, trabajando en el techo. Con Constantino decimos que la iglesia protege nuestra casa y nuestras vidas. Y cómo no, si su volumen ataja los vientos de travesía que vienen desde el mar.

Maribel y don Tino miran por una ventanaUna mano con guante junto a una llama en un potrero de San JavierPortón de madera blanco y rojo entre la vegetación, junto a una campanaÁrbol cortado con una escalera de madera, con la iglesia de San Javier al fondo1 / 4

Los tres vamos juntos hasta la huerta. Caminamos entremedio de árboles frondosos: arrayanes, coigües, lumas. Más allá, los manzanos.

Seguimos avanzando.

Hace unos años atrás —relata ella— escuchamos un estruendo al exterior y pensamos en un maremoto o algo espantoso. Al observar a través de la ventana nos percatamos que se nos venía encima una muralla negra que oscurecía el cielo, pero a los segundos comprobamos que se trataba de una gigantesca bandada de pájaros. Pequeños zarapitos que provenían del norte, migrando en busca de un clima mejor. Fue un espectáculo increíble. Sólo en este lugar aparecen estas cosas mágicas.

Y reponiéndose del recuerdo, agrega:

—Aquí hay solamente tres o cuatro casas, una iglesia cerrada y, sin embargo, está tan lleno de elementos especiales, misteriosos y mágicos, que encierran la felicidad. La fortuna nos trajo a este lugar, que bien vale la pena conocer, aunque sea de paso. Creo que nadie sospecha el tesoro que guarda este lugar bendito.

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La grandeza de doce pequeñas iglesias

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